Tuesday, September 05, 2006

La Catapulta Drum (2ª Parte)*

Aiken Drum terminó de cerrar los broches y ajustar las correas del traje de fricción reducida (RFS) de Valin Ghent. El periodista parecía nervioso, lo que era bueno, porque significaba que había vencido a la tentación de tomar tranquilizantes y estaría completamente despierto para enfrentar el lanzamiento. Aiken le fue adhiriendo instrumentos en distintas partes del traje, mientras le hablaba en un tono profesional y calmado, pero carente de toda señal de paternalismo: una vez allá arriba, Valin estaría completamente solo, y debía entender que no recibiría ningún tipo de ayuda externa, al menos hasta que saliera de la atmósfera. Su supervivencia dependía de ello.

- Esto es un altímetro modificado; incluye un velocímetro y un giroscopio. Está preprogramado y bloqueado para que no puedas cambiar nada. Los números aparecerán en tres colores en el interior de las gafas de protección, según la situación. Es muy simple: rojo significa no. No hagas nada, sólo mantén las manos pegadas al cuerpo y la frente en alto. Será así durante los primeros segundos y una vez que hayas entrado en órbita. Verde significa que puedes abrir el paracaídas. Hay dos momentos en los que puedes hacerlo: en cualquier momento entre los 20 y los 40 kilómetros de altura cuando vas de subida, o, si no consigues entrar en órbita, en cualquier momento entre los 40 y los 5 kilómetros de altura cuando vas de bajada. El amarillo significa atención. Los números verdes cambiarán a amarillo si el instrumento detecta algún problema o si tardas demasiado en abrirlo. Durante la bajada, el paracaídas se abrirá por sí solo a los 3 kilómetros de altura si no lo has hecho antes. Desde luego, si superas los 50 kilómetros de altura habrás entrado en órbita y el paracaídas será inútil.

Por supuesto, ésa era la versión para principiantes. El instrumento profesional no tenía una sola pantalla, sino varias (una para la altura, otra para la velocidad, y tres más pequeñas para la aceleración, el parángulo y la velocidad de rotación), y los números se proyectaban siempre en un color amarillo sobre fondo azul, de tal forma que era el sujeto y no la máquina el que decidía cuándo abrir el paracaídas o bajar la barbilla, o realizar cualquiera de las múltiples maniobras posibles.

Los profesionales (es decir, Aiken y menos de una decena de conocidos) tampoco usaban el paracaídas. Aún siendo el más compacto y ligero que se hubiera inventado, su peso y volumen disminuían la velocidad del balista (así se llamaban los practicantes del deporte ideado por Aiken Drum) en casi 13 kilómetros por hora. No era un problema en cielos despejados, como el de hoy, pero podía ser un elemento crucial a la hora de esquivar astronaves que se movían generalmente sobre el Mach 2.

- Esto es un detector de proximidad -continuó Aiken, enganchando un pequeño instrumento al cinturón del sudoroso Valin-. Originalmente lanzaba un pitido para avisar de la cercanía de algún elemento peligroso; una nave, un animal, cualquier cosa más grande que una almendra y más densa que una medusa. Pero a 1500 kilómetros por hora o en el vacío no resulta muy útil, así que lo cambiamos. Si el aparato detecta algún obstáculo en un radio de 10 kilómetros, la pantalla de las gafas se pondrá roja. Si te encuentras en "números verdes", te aconsejo que abras el paracaídas. Si estás en "números rojos" tendrás que tratar de esquivar el obstáculo. Para eso basta que dobles ligeramente la muñeca o el tobillo. Eso alterará tu trayectoria. El problema es que seguramente la alterará tanto que impedirá que salgas de la atmósfera, y tendrás que volver a tierra antes de lo previsto. Se requiere mucho entrenamiento para lograr esquivar obstáculos sin afectar el impulso y el parángulo.

- Pero dijiste que no habría osbtáculos -dijo Valin con voz temblorosa, tratando de parecer enfadado.

- No, dije que no habría naves. Elegimos el día y el cinturón atmosférico pensando en un cielo limpio de rutas comerciales y naves de pasajeros. Te aseguro que no habrá ninguna nave por encima de los dos mil metros en toda la circunferencia planetaria que recorrerás. También sabemos que no habrá ningún fenómeno atmosférico que temer durante al menos una semana, así que no tendrás que atravesar ninguna tormenta ni nada por el estilo -eso calmó levemente al periodista de deportes extremos, pero Aiken no pensaba decirle sólo la verdad a medias-. Sin embargo, no podemos controlar a los animales ni a los meteoritos.

- ¿Meteoritos? -dijo Valin, los ojos casi saliéndosele de la cara.

- Es algo asombrosamente improbable, desde luego. El 99,9% de los meteoritos tiene menos de treinta centímetros de diámetro y se desintegra en menos de medio segundo al entrar en la atmósfera. Pero es una posibilidad y hay que tenerla en cuenta.

- Claro -balbuceó Valin-, claro.

Aiken recordó que su primer lanzamiento había sido casi tan planeado como éste, y sin embargo había atravesado una bandada de gansos corellianos que volaba a 8 kilómetros de altura, matando al menos a uno de ellos y rompiéndose tres dedos en el impacto (porque a Mach y medio de velocidad, hasta las plumas parecen piedras). Como si fuera poco, había estado a punto de estrellarse contra un viejo dirigible de control climático, y finalmente había caído a través de una tormenta eléctrica que había inutilizado todos los instrumentos de control. Así eran las cosas: no importaba cuánto prepararas algo, no podías controlarlo todo. De hecho, una vez perfeccionada la catapulta, Aiken y sus camaradas habían empezado a hacer los lanzamientos con obstáculos, arriesgándose a convertirse en manchas sobre el fuselaje de las innumerables astronaves que poblaban los cielos de Corellia, el planeta naval. Pero que hubiera muchas naves en el aire no significaba que uno fuera a encontrarlas. Muchas veces Aiken había salido disparado justo al medio de las principales rutas comerciales, para no econtrar nada más que estelas de vapor o espejismos de naves en la distancia. El cielo seguía siendo demasiado grande, y mientras no consguieran permiso para disponer sus propios obstáculos flotantes, el balismo orbital seguiría siendo una cosa de suerte más que de técnica.

- Y esto -dijo Aiken, enfundando dos pequeños cilindros en los bolsillos del traje- es el oxígeno. Los tubos se conectan directamente a la mascarilla una vez que te hayas puesto el casco. Hay suficiente para dos horas, lo que debería bastar, teniendo en cuenta que deberías entrar en órbita en poco más de un minuto.

- Bien -respondió Valin cada vez más nervioso, dándose cuenta poco a poco de que no había vuelta atrás. Era un experimentado deportista de riesgo... el periodismo era sólo una forma de ganar dinero haciendo lo que le gustaba. Pero cada vez que probaba algo nuevo y radicalmente diferente a cualquier cosa que hubiera hecho antes, se ponía así-. Bien. ¿Cómo me encontrarán allá arriba?

- El traje incluye un localizador, y tenemos una pequeña nave de rescate en órbita.

- ¿Y si no llego a salir?

- Bueno, para eso es el paracaídas. Sabremos dónde estás y te iremos a recoger una vez que llegues a tierra, lo que en ese caso sería probablemente al otro lado del planeta.

Valin no quería hacer la siguiente pregunta. No la había hecho durante los días pasados como invitado de Aiken Drum. No la había incluído en las entrevistas por considerarla ridícula. No era una pregunta adecuada para un periodista de deportes extremos. Pero ahora, mientras caminaba junto al inventor de la catapulta orbital de arrastre centrífugo y dueño de la cada vez más reputada franquicia de armas y cazas estelares "Full Metal Soldier", no pudo resistirse.

- ¿Ha... -preguntó-, ha muerto alguien antes?

Aiken llevaba esperándoselo desde el primer día.

- Sí -dijo-. Drill Freyghn, un piloto de trivainas. Es el único. Se estrelló contra el costado de un carguero hace seis meses.

- Ahá -fue todo lo que pudo decir Valin.

- Pero ha habido otros accidentes -continuó Aiken-. Sobretodo en lanzamientos con "cielo fuerte" (así llamaban al cielo cuando las naves transitaban libremente). Yo mismo una vez estuve en cama tres semanas.

- ¿Qué sucedió?

- Un transportador FT-780 de ochocientas toneladas. Teníamos rumbo de colisión, así que en vez de pasar rozando el parabrisas frené un poco separando los dedos y me desvié hacia su sección de cola, para pasarlo por atrás. Pero calculé mal su velocidad y atravesé el cono de fuego de los motores.

- Vaya.

- Sí, vaya -dijo Aiken, y se detuvo frente a Valin Ghent cuando ya podía verse la mole de la catapulta tras el hangar-. Mira, Valin, no voy a decirte que esto es peligroso, porque ya lo sabes. Pero sí voy a decirte esto una última vez. Una vez que te hayas subido, no habrá vuelta atrás. Una vez empezada la cuenta regresiva no voy a apretar ningún botón rojo de freno de emergencia, ni nada por el estilo. ¿De acuerdo? Darás casi cien vueltas en un minuto y desde luego te sentirás mareado, pero la cabina es compacta y las correas del traje te mantendrán firme, así que a menos que cometas alguna estupidez como abrir las piernas o sacarte el casco, llegarás a los cinco mil metros antes de darte cuenta. Ése será el momento más peligroso, entre los 5 y los 20 kilómetros. Son diez o doce segundos en que debes mantener la calma. Grita todo lo que quieras pero no trates de frenar ni de abrir el paracaídas, ¿me oyes? -Aiken ya le había dicho todo esto antes, varias veces, pero siempre lo decía otra vez aquí, a setenta metros de la catapulta, cuando el sujeto podía ver el tamaño de la máquina, la gran circunferencia de metal y la pequeña cabina cilíndrica-. Una vez en números verdes, ya lo sabes, puedes abrir el paracaídas cuando quieras. Pero no querrás hacerlo, ¿verdad? No has venido aquí para un viaje en paracaídas un poco más largo de lo normal. Estás aquí para atravesar la atmósfera y ver eso que has visto tantas veces desde la cabina de una nave. Un cielo azul, primero, y luego más oscuro, y luego las estrellas y una línea blanca alrededor del mundo. ¿Me equivoco, Valin? -Aiken siempre terminaba su discurso con el nombre del sujeto. Sabía que era una forma de recordar su valor a los valientes, y su cobardía a los cobardes.

- No Aiken, no te equivocas -Valin alzó la vista y miró a la catapulta-. Vamos.
Continuará...
* La vida de Aiken sigue siendo interesante, pero es triste verlo convertido en un PJ del margen. Es triste no poder jugar rol...

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