Wednesday, July 05, 2006

Venganza (VI)*

Victorian Voog permanece en la oscuridad. Sus ojos abiertos reflejan las explosiones de luz de los blásters como una tranquila laguna refleja los fuegos artificiales en una noche de fiesta. Sin embargo, el jedi no puede ver nada. Sus pupilas, relajadas por la parálisis, hacen que hasta la penumbra resulte confusa, y el silencio que pende sobre toda la escena da a la situación el aspecto de un sueño. Muchos otros se dejarían llevar lentamente a la inconsciencia; apagarían sus cerebros y escaparían del abrumador sentimiento de incapacidad que acecha a Victorian como los lobos fräng más allá de la luz de la hoguera.
Pero Victorian Voog es un jedi.
Primero se concentra en permanecer vivo. La mayor parte de su musculatura se encuentra flácida, y por el momento es inservible, así que Victorian se enfoca en lo esencial: su propia voluntad y el favor de la Fuerza le permiten mantener el corazón latiendo y el diafragma en movimiento. Poco a poco, sin desesperarse, estruja sus arterias y envía la sangre a las extremidades, oxigenándolas y prometiéndoles restauración. Durante unos segundos, todos los pensamientos y oraciones del jedi se enfocan en controlar las funciones vitales de su cuerpo malherido, hasta que el viejo y leal organismo recuerda sus muchos viajes y el duro entrenamiento de la Orden, y Victorian puede poner el piloto automático y dedicarse a una segunda tarea: expulsar el veneno.
Antes de convertirse en el paraíso turístico que es ahora, el planeta Nurad VIII fue prácticamente devastado por las minas de casiterita y las fábricas extractoras de estaño. Cuando el metal fue reemplazado en toda la galaxia por el más econónomico y abundante aluminio, las empresas mineras abandonaron Nurad a su suerte, y durante décadas el planeta fue un mundo fantasma y oxidado en un rincón olvidado del Núcleo. Entonces la Federación de Comercio compró el planeta a los escasos nativos que no lo habían abandonado, y pasó los siguientes veinte años enviando allí rebaños enteros de garbegones, gigantescas bestias litorgánicas capaces de comer virtualmente cualquier cosa. Los rebaños basurófagos, conducidos por sólo uno o dos pastores bleik, ya que los garbegones son animales tontos y pacíficos, fueron transformando las estructuras corroídas de las factorías de estaño en abono regenerador, lo que permitió a la Federación pasar veinte años más reforestando y modelando el planeta a voluntad. Ahora, sólo la nobleza corrupta y los grandes señores corporativos son capaces de pagar su estadía en los exclusivos resorts de Nurad VIII.
Del mismo modo que en otro tiempo un solitario bleik conducía una manada de garbegones por las devastadas llanuras de Nurad, cazando desechos y reciclando basura, Victorian utiliza a sus midiclorias como diminutos pastores de células, y comienza una cacería microscópica de toxinas en todos los rincones de su organismo dañado. En una especie de conversación sin palabras, el cuerpo del jedi indica a sus antiguos residentes la forma y ubicación del veneno invasor; luego los simbiontes guían a sus pequeños rebaños de glóbulos blancos hacia los lugares más afectados, y poco a poco las moléculas de botulina son disgregadas en fragmentos inocuos, para posteriormente ser conducidas por el torrente sanguíneo hacia los orificios causados por las balas en el pecho de Victorian.
Por último, el jedi renegado, haciendo uso nuevamente de su conexión con la Fuerza, masajea los músculos dormidos y libera invisibles pulsos eléctricos que devuelven la vida a sus miembros aletargados. Al mismo tiempo, y una vez que consigue cerrar los párpados y sustraerse a las señales ininteligibles que sus distendidas pupilas han estado enviando al cerebro, se concentra en percibir el mundo de otra manera: la luz (o su ausencia) deja de ser un problema, y su entorno comienza a reconstruirse en base a la energía vital de los seres que lo rodean, y el eco de sus emanaciones al chocar contra las estructuras vacías del hotel.
Entiende que alguien ha tomado prisionero a Max Mustang, su empleador, y que media docena de guardaespaldas, casi todos ellos droides, disparan contra el secuestrador intentando no acertarle. La escena se ha convertido en una secuencia estroboscópica de imágenes iluminadas por los disparos. Secuestrador y rehén, fusionados en una extraña criatura de múltiples apéndices, corren hacia una de las ventanas que dan a la calle.
Han pasado 48 segundos desde que Victorian cayera paralizado, y tras la rápida pero agotadora recuperación, apenas le quedan fuerzas para intentar nada más. Muchos otros se rendirían ante el cansancio, refugiándose en la certeza tranquilizadora de haber hecho todo lo posible, repitiéndose a sí mismos que no siempre se gana.
Pero Victorian Voog es un jedi.
Le toma medio segundo ponerse en pie, y en otro medio encuentra su sable apagado. Su mano libre traza un semicírculo en el aire, y un golpe de fuerza invisible derriba a los cuatro droides y los dos guardaespaldas cuyos inútiles disparos son más un inconveniente que una ventaja. Aparte de dejarle libre el camino, la súbita deserción del pelotón de fusilamiento llama la atención del secuestrador, que pierde un instante precioso echando una ojeada a sus espaldas. Victorian no tiene fuerzas para invocar a la Fuerza y atravesar los veinte metros que lo separan de su jefe en un segundo, así que simplemente corre, gritando de dolor cuando sus piernas despiertan completamente tras el sueño venenoso del último minuto.
Max Mustang parece estar inconsciente en los brazos de su captor. Éste flexiona las piernas y salta contra la mampara. Victorian está casi seguro de que el cristal resistirá el impacto, pero entonces algo lo hace estallar en mil pedazos, y el pasillo se llena con la colorida amalgama de luces de la noche en Nar Shaddaa. El jedi abre los ojos y lanza su sable de luz contra Aiken Drum, a quien por fin ha reconocido.
La espada gira en el aire y se convierte en un disco anaranjado que cercena la pierna izquierda del soldado por debajo de la rodilla, justo en el momento en que Aiken y Max atraviesan la ventana rota y caen al vacío.
Entonces el mundo se transforma en luz y calor, algo parecido a un sol explota a sus espaldas y lo arroja hacia la calle con las ropas en llamas y sin aire en los pulmones.
Mientras se precipita hacia el suelo negro de la luna-ciudad y a una muerte segura, Victorian Voog ve alejarse un speeder descapotable conducido por un sullustano. En el asiento trasero, Aiken Drum grita como un demonio mientras se aferra la pantorrilla izquierda; Max Mustang es sólo un bulto humanoide.
* Tal vez, sólo tal vez, algún día cuente la historia de Victorian Voog, un jedi renegado pero no oscuro.

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