Thursday, June 29, 2006

Venganza (IV)*

- Algo está mal -dijo el jedi repentinamente, y el hombre a su lado se tiró al suelo sin dudar un instante.
Apenas había empezado a agacharse cuando sintió el resplandor anaranjado del sable de luz, y todavía estaba rodando en busca de una posición defensiva cuando todas las luces del pasillo se apagaron a la vez. Luego, uno o dos segundos más tarde, un destello lejano delató al francotirador, y todo se volvió un caos.
La noche había empezado mal, y todo indicaba que iba a terminar del mismo modo. Primero había tenido que cambiarse de hotel por culpa de algún imbécil incapaz de mantener la boca cerrada. Alguien había preguntado por Marcellus Pride en el recibidor del Galaxy Royale II, y aunque seguramente no fuera nadie peligroso, sus guardaespaldas no habían querido arriesgarse, y Max se había trasladado a la suite alquilada en el NS Golden Reefs, que era más lujosa pero menos espaciosa. Eso ya había molestado al orgulloso agente de ventas, pero no era nada en comparación con la lluvia de sangre y saliva que había arruinado su traje nuevo y su impecable peinado. Ya había mandado a un par de sus secuaces a dar una paliza a la shockboxeadora responsable, aunque con la indicación explícita de no matarla. Después de todo, Max era sólo un invitado en Nar Shaddaa, y no convenía enemistarse con los líderes mafiosos del lugar, muchos de los cuales habían amasado su fortuna gracias a las peleas ilegales.
La baba sanguinolenta sobre la seda kirgot de su traje le había impedido disfrutar adecuadamente del resto de los combates; incluso los encuentros a muerte apenas habían logrado hacerle esbozar una sonrisa. Había apostado unas decenas de miles de créditos con unos cuantos asistentes locales, y luego se había marchado con el deseo cada vez más apremiante de dejar la luna y regresar a la aséptica negrura espacial.
A medio camino, el speeder había dejado de moverse. Fueron unos minutos bastante tensos, mientras todos esperaban una emboscada callejera, y Max los había pasado principalmente en el suelo del vehículo, custodiado por sus mercenarios y sus droides asesinos, mientras el jedi recorría las inmediaciones asegurándose de que no hubiera nadie acechándolos desde las sombras. Pero en Nar Shaddaa hay demasiadas sombras como para estar seguro, y de todas formas uno de sus técnicos dejó claro que la avería no había sido producida por un pulso iónico ni un sabotaje en las placas de circuitos. Sencillamente, dijo, las baterías se habían agotado.
Así que había mandado a otro de sus matones a buscar al jodido toydariano que les había alquilado el Luxurious CS-4000, sin órdenes especiales respecto a la forma que debía tomar la reprimenda.
Finalmente, con una hora y media de retraso (lo que implicaba que no tendría tiempo para disfrutar de la compañía de la prostituta que había solicitado en la gerencia antes de dirigirse al coliseo de Sneik'aaiss), él y el resto de su contingente habían llegado al hotel, pero habían tenido que entrar desde uno de los niveles inferiores, en lugar de aparcar el speeder en la azotea, sólo para encontrarse con que los malditos ascensores estaban fuera de servicio por culpa de una especie de plaga de micónidos ferrofílicos o alguna otra estupidez por el estilo.
Y entonces, para coronar aquella noche fatídica, alguien había apagado las luces y les disparaba desde la oscuridad. Lo cual según Max Mustang no era muy inteligente, ya que Victorian, su propio jedi guardaespaldas privado, era un as en el viejo arte de desviar los blásters con su espada de energía.
La sorpresa de Max fue doble, por tanto, o triple, si contamos la sorpresa del mismo Victorian, cuando el sable de luz se apagó sin previo aviso. Max pudo ver la expresión desconcertada del jedi renegado por un instante, antes de que la oscuridad se tragara los últimos resplandores de la hoja, y luego sólo pudo imaginarse sus rasgos, a medida que escuchaba una profusa serie de impactos hacer mella en el cuerpo invisible de su asociado.
Luego sus propios guardaespaldas comenzaron a disparar hacia el fondo del pasillo.

Continuará...

* Una sola bala de cortosis puede hacer maravillas...

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