La Última Aventura de Aiken Drum
Señores, este relato puede no ser una obra de arte. Tal vez no es técnicamente correcto, y desde luego hace muchas suposiciones. Doy por sentado eventos con los que algunos de ustedes podrían no estar de acuerdo.
Sea como sea, lo he hecho lo mejor que he podido.
A lo largo de estas semanas he pensado en otras formas de hacerlo. Pensé en un guión para una película, en una obra de teatro, en animaciones en flash y en un cómic. Al final, opté por lo más fácil, porque después de todo sólo quedaría completamente satisfecho si el final de Aiken se produjera como su nacimiento: roleando en torno a una mesa, tirando dados y sintiendo en el pecho el doble o el triple de la emoción que he sentido escribiéndolo (y ha sido bastante).
Pero lo he escrito. Creo que todos ustedes vieron los OVAs finales de Samurai X. Comenzaban con una petición de los creadores. Yo pido lo mismo, si es posible: lean esto con todo el corazón. Para mí es importante no sólo porque marca el final de un personaje entrañable, tal vez el único personaje que logró ser verdaderamente feliz de entre los varios que he tenido. A la vez, puede marcar el fin de mi vida rolera, ya que dudo que algún día encuentre un grupo como el Círculo Inconcluso, que a estas alturas parece dar los últimos coletazos.
Ojalá no sea así, pero de cualquier modo, éste es el final de las aventuras de Aiken Drum.
Por último: algunos de los párrafos que siguen indican el título y autor de una canción. Si pueden pensar en formato videoclip (a mí me sirve todos los días, cuando me pongo los audífonos de camino al trabajo), sería genial que bajen los temas mencionados y los escuchen mientras leen.
Eso.
Ah, y si el máster o los demás jugadores piensan que es demasiado, que pongo a Aiken casi como un superhéroe y que juego con las probabilidades alejándome del realismo, tienen razón. Pero no me arruinen la idea. Para mí, esta historia es oficial. Espero leer las de cada uno de ustedes.
Un abrazo.
Guayec
Sea como sea, lo he hecho lo mejor que he podido.
A lo largo de estas semanas he pensado en otras formas de hacerlo. Pensé en un guión para una película, en una obra de teatro, en animaciones en flash y en un cómic. Al final, opté por lo más fácil, porque después de todo sólo quedaría completamente satisfecho si el final de Aiken se produjera como su nacimiento: roleando en torno a una mesa, tirando dados y sintiendo en el pecho el doble o el triple de la emoción que he sentido escribiéndolo (y ha sido bastante).
Pero lo he escrito. Creo que todos ustedes vieron los OVAs finales de Samurai X. Comenzaban con una petición de los creadores. Yo pido lo mismo, si es posible: lean esto con todo el corazón. Para mí es importante no sólo porque marca el final de un personaje entrañable, tal vez el único personaje que logró ser verdaderamente feliz de entre los varios que he tenido. A la vez, puede marcar el fin de mi vida rolera, ya que dudo que algún día encuentre un grupo como el Círculo Inconcluso, que a estas alturas parece dar los últimos coletazos.
Ojalá no sea así, pero de cualquier modo, éste es el final de las aventuras de Aiken Drum.
Por último: algunos de los párrafos que siguen indican el título y autor de una canción. Si pueden pensar en formato videoclip (a mí me sirve todos los días, cuando me pongo los audífonos de camino al trabajo), sería genial que bajen los temas mencionados y los escuchen mientras leen.
Eso.
Ah, y si el máster o los demás jugadores piensan que es demasiado, que pongo a Aiken casi como un superhéroe y que juego con las probabilidades alejándome del realismo, tienen razón. Pero no me arruinen la idea. Para mí, esta historia es oficial. Espero leer las de cada uno de ustedes.
Un abrazo.
Guayec
Mil kilómetros por hora no parecen demasiado en el espacio.
Un piloto novato podría dudar un momento, revisar las pantallas y los radares en busca de señales de movimiento. Alguien sin entrenamiento tal vez incluso entrecerraría los ojos dentro del casco, adoptando esa típica expresión de velocidad tan común entre los conductores de deslizadores atmosféricos.
Aiken no necesita mirar los monitores del panel de control. Sabe que los motores funcionan porque siente el calor en la espalda y la vibración en los huesos. El sudor se desliza por su frente como una cascada, y el casco vibra tanto que todo se torna borroso, las estrellas se multiplican en el manto negro del universo y Corellia es una mancha verde en una esquina. Aiken nunca ha estado en el interior de un volcán en erupción, pero piensa que debe ser algo parecido a esto.
Es lo que pasa cuando acoplas un turborreactor DvIT GSE de cuarenta toneladas a una moto deslizadora de quinientos kilos.
BGM: Hell Is Here - SAVES THE DAY
La flota invasora de Darth Veddhartha llegó sin aviso y actuó con rapidez y eficiencia. Los bosques milenarios se convirtieron en desiertos radiactivos; los ríos se evaporaron y las nubes algodonosas se impregnaron de hollín. Las relucientes fábricas de la CIC se deshicieron como castillos de arena bajo la marea destructora de sus propios cazas robados. El resplandor verdeazulado de los templos jedi fue borrado por la furia roja de los sables sith.
Animah Skuld murió en el primer ataque. Estaba trabajando en el único hospital del planeta cuando el fuego atómico la transformó en cenizas, que se mezclaron con las de otras siete mil personas. Aiken lo supo de inmediato. A dos mil kilómetros de distancia y cuarenta metros de profundidad, en el taller de gravimetría en que trabajaba con Akai, sintió su corazón romperse y se quedó sin aire.
Así fue como Aiken Drum, de 56 años, sintió por fin el toque de la Fuerza.
El saqueo de Ruusan fue corto. A los seis días de comenzada la invasión, las naves del Sith, cargadas con miles de cazas VF de última generación y decenas de zettabytes de información, se adentraron en el espacio sideral dejando a sus espaldas una esfera de roca humeante y sanguinolenta. Las tropas de la República llegaron dos días más tarde.
Las bajas fueron calculadas en treinta y ocho millones. Los sobrevivientes, dos mil treinta y dos.
Aiken y Akai buscaron los restos de Animah durante una semana; sólo encontraron el dedo índice de su mano artificial. Aiken no dijo nada.
BGM: Chasing Cars - SNOW PATROL
Se reunieron con Aisa en Coruscant. Tenía 14 años y era la más avanzada de su clase en la Academia Militar de la República Galáctica. Lloró casi tanto como Arhul, que tenía 18 y se había convertido en estrella de rock. Luego se fueron juntos a Corellia, y allí enterraron lo poco que quedaba de Animah.
Fue una ceremonia sencilla y silenciosa. La pradera era la misma en que se había celebrado el matrimonio quince años antes. Los chicos eran demasiado jóvenes para recordarlo, pero Aiken casi podía ver las mesas sobre el césped, oír las voces de los invitados. Las risas, los brindis.
Una lápida pequeña y un nombre grabado. Eso era todo. Eso y los recuerdos.
Veinticuatro años de recuerdos asaltaron a Aiken y no lo dejaron ir. Embistieron con la fuerza de mil banthas enloquecidos, destrozándole el cráneo y pisoteándole el cerebro, para luego descender hacia el corazón y el estómago, aflojarle las piernas y hacerlo caer de rodillas.
Una vez, mucho tiempo antes, el padre había abrazado a los hijos desconsolados, de pie frente a una tumba más pequeña, menos importante. Ahora fueron los hijos los que abrazaron al padre, sin decir nada porque no había nada que decir, y se quedaron con él hasta muy entrada la noche, cuando por fin dejó de llorar como un niño.
Le costó un tiempo aprender a dominar la pena. La tristeza lo acechaba a toda hora, y despertaba en las noches sudoroso y asustado, buscando la presencia de Animah a su lado. A veces creía sentir su voz en el viento, sus dedos en la nuca, su aliento en la nariz.
Arhul se despidió poco después: una nueva gira interplanetaria. Nuevas canciones. Nuevas y desgarradoras canciones llenas de rabia y dolor. Aiken lo abrazó tan fuerte que casi le rompió las costillas. De algún modo, ambos sabían que no volverían a verse.
Aisa sólo quería venganza. Habló, discutió y gritó, tratando de convencer a Aiken de salir a buscar a los asesinos de su madre. Pero él no se dejó llevar por la ira de su hija. Ella era demasiado joven, y él tenía suficiente ira propia. La envió de regreso a la Academia, y ella se fue pensando que su padre se había vuelto débil y cobarde.
Akai se quedó en Corellia con su padre. Aiken no se opuso. Su hijo era el mejor mecánico que conocía, y necesitaría su ayuda para llevar a cabo el plan que había ideado. Era un plan tan evidentemente suicida que Aiken temió que su hijo no quisiera cooperar. Pero Akai no dijo nada.
Encontraron la vieja Spitfire de Aiken en el almacén de la silenciosa estación de pruebas de Full Metal Enterprises. Casi todos los trabajadores se habían mudado a Ruusan junto a su jefe once años antes, y ahora estaban muertos y flotaban en la atmósfera del planeta devastado.
Akai era bueno, pero no podía hacerlo todo solo. Aiken no tuvo que hacer mucho para conseguir la ayuda de Dana Goodwill: su hermano también había caído víctima de Darth Veddhartha. Entre los tres modificaron la moto deslizadora hasta el punto de hacerla completamente inservible en cualquier lugar excepto el espacio. Eliminaron la armadura y las turbinas de triple hélice y pusieron a cambio un turborreactor DvIT de cuatro metros cúbicos adosado al tren posterior. En una atmósfera típica de oxinitrógeno y bajo el efecto de una o dos gravedades el simple hecho de encender el reactor hubiera causado la desintegración completa de la moto deslizadora más robusta. En el gélido vacío del espacio, la moto vibraría intensamente pero no perdería su integridad. El mayor problema para el piloto sería la radiación y el calor emitidos por el núcleo engaúrico del motor, situado directamente a su espalda. Aun si soportaba los 50 o 60 grados de temperatura sin desmayarse, la radiación destrozaría sus vísceras y moriría al cabo de dos o tres semanas.
Por suerte, el asalto a la flota oscura no tomaría más de dos o tres horas.
Finalmente todo estuvo a punto. Dana volvió a casa con una promesa y Akai tomó un trasbordador a Coruscant con lágrimas en los ojos. Se reuniría con Aisa y Arhul en la capital, y sólo entonces les comunicaría a sus hermanos el plan de su padre. Cuando ya no pudieran hacer nada.
Los espías de Morgo II avisaron a Aiken una semana antes de que la flota de Darth Veddhartha atacara Corellia. Era algo natural, después de todo, que en su calculado asalto a la República el Sith fuera desarticulando una a una las fábricas de astronaves y los mundos tecnológicamente superiores. La información entregada por el sucesor de Gordo Morgo incluía un dato mucho más importante: decía en qué barcaza se encontraría el Señor Oscuro.
En esa semana Aiken recibió una última visita. El doctor Zeuss Blood, un viejo amigo, responsable de casi todos los ciberimplantes del soldado, dijo que era una locura. Pero aun así lo hizo.
Cuando se fue su credistick contenía el triple de dinero, y Aiken tenía una enorme cicatriz vertical en el tórax.
La noche antes de la batalla, Aiken tuvo un sueño extraño.
Entonces llegaron las naves. La República estaba preparada, y la Batalla de Corellia llenó el espacio de nuevas y parpadeantes estrellas anaranjadas, allí donde los cazas estallaban en llamas y los blásters hacían resplandecer los escudos.
Mientras los soldados de la República hacían lo posible por aguantar el embate de cientos de veritech armados con gigantescos sables de luz roja, Aiken, en el otro extremo del planeta, se alejó de éste en un caza viejo y destartalado, arrastrando tras de sí la Spitfire modificada. Luego, flotando en medio de la nada, rezó por primera y última vez en su vida.
Le rezó a la Fuerza y le rezó al espíritu de Animah, y pidió por sus hijos y por la República y hasta se permitió dar las gracias por lo vivido.
Después montó en su moto, ajustó cada rifle, cada pistola y cada granada a su traje de vacío, y encendió el turborreactor. El tirón inicial por poco lo arranca del asiento, pero se mantuvo firme y enfiló hacia la lejana batalla. Hacia las explosiones en el espacio sobre Corellia.
Hacia Darth Veddhartha.
En el centro de control de la MUERTE, la nave insignia de la flota del Sith, decenas de técnicos se inclinan sobre decenas de monitores, apretando botones, girando llaves, gritando órdenes. Las pantallas muestran la posición aproximada de las casi seis mil astronaves que llenan el espacio suborbital de Corellia.
De repente, un punto rojo aparece en los límites del radar.
- Señor, un torpedo desde X2367.
Varios oficiales se acercan a la consola. La inteligencia había asegurado que no llegarían flotas republicanas de refuerzo a tiempo. Todos hablan al mismo tiempo:
- ¿Un ataque lateral?
- ¿Cuántas naves son?
- Esa no es la dirección de Coruscant.
Pasan dos segundos, luego tres. El punto sigue avanzando en solitario.
- ¿Sólo uno? ¿Sólo un torpedo?
- No es un torpedo. Va demasiado rápido.
- Mira la masa calculada. Es muy pequeño para ser un caza.
- Cierto, pero la estela de radiación indica un reactor engáurico.
- ¿Tal vez un misil atómico?
- No importa, los autolásers se encargarán de él.
Los oficiales se separan, dirigiéndose a otras consolas. Hay muchas variables que tener en cuenta. Hay una guerra que ganar.
- Se... ¿Señor?
- ¿Qué pasa ahora?
- El torpedo. Ha esquivado el láser.
Varias cabezas se levantan, todas las miradas caen sobre el panel de control que muestra al pequeño punto rojo.
- Los torpedos no esquivan los lásers.
- Éste sí. ¡Lo ha hecho de nuevo!
- ¡No es un torpedo!
- Acaba de entrar en rango de cercanía 2.
- ¿Qué hay de los autoblásters?
- Si pudo esquivar los lásers podrá evadir los blásters, ¿no crees?
- Envía un par de TIEs a ocuparse de él.
- Rango de cercanía 1.
- Está dentro del alcance de los holoscopios. Dame una imagen.
- ¿Qué es es eso?
- Parece... parece una moto deslizadora.
- ¿Una mot...?
- ¡Señor, ha aumentado la velocidad!¡Los TIEs no han podido interceptarlo!
- ¡Rango 0!¡Ha ingresado al núcleo de la flota!
- ¡Va a chocar con el VENGANZA DE DEM...!¡No!¡Lo ha esquivado!
- Se dirige hacia...
- Se dirige hacia aquí.
Todos los oficiales y radiocontroladores alzan la vista. Dejan de mirar los monitores y miran en cambio por las ventanas. A lo lejos, dos TIEs maniobran entre enormes barcazas de guerra y naves de suministros, tratando de alcanzar un punto rojo que escupe fuego. Pero la moto de Aiken está demasiado cerca. Casi pueden ver sus propios reflejos en el casco del piloto suicida. La mayoría ni siquiera alcanza a gritar.
Aiken aprieta un botón en el panel de la moto. Luego flexiona las piernas y salta.
La Spitfire, convertida en un bólido asesino llena de diruptores iónicos, se estrella contra los escudos de la MUERTE. La torre de control se abre como un huevo y derrama figuras antropomorfas vestidas de negro que se pierden en la negrura del espacio. El ancla magnética de Aiken se fija al casco de la nave de dos kilómetros de longitud. En treinta segundos está en el interior.
Los siguientes quince minutos son un borrón en la retina de Aiken; una sucesión de disparos, explosiones, patadas, puñetazos, sangre, quemaduras, blásters, gritos, caídas, desgarros, cortes, puñaladas, huesos rotos, paneles arrancados y pasillos interminables de la que se ocupa la parte más profunda y primitiva de su tronco cerebral.
Cuando la corteza encefálica vuelve a tomar el control, Aiken se encuentra en el puente de oficiales de la nave, rodeado por cincuenta guerreros sith que empuñan sesenta y tres sables de luz. La mayor parte de la sangre que cubre su cuerpo pertenece a los cien o doscientos cadáveres que han formado una estela rojiza y resbaladiza a sus espaldas. Pero su brazo cibernético ha quedado inservible, y las chispas riegan el suelo y rebotan como perlas de electricidad. Ya no le quedan granadas, y ha perdido ambos rifles. Esta vez una pistola no bastará.
Las hojas de luz llenan sus piernas de orificios humeantes. Los nudillos de decenas de guantes de combate se estrellan contra su rostro y su vientre. Apenas siente cuando le cortan la pierna derecha a la altura de la rodilla. Alguien le arranca de cuajo lo que queda del ciberbrazo. Un dedo revienta su ojo derecho. Aiken grita, se debate, se agita como un perro moribundo, como un pez en una red, como un gusano en un anzuelo.
Sólo entonces, cuando yace despatarrado en el suelo, desarmado e inmóvil, tuerto y medio muerto, Darth Veddhartha sale de las sombras. Se acerca ceremoniosamente y dice algo con una voz profunda y terrible, pero el traductor universal de Aiken es un amasijo de metal y plástico y no entiende nada. Seguramente se está burlando. Es lo que siempre hacen los sith.
Aiken intenta decir algo, pero tiene los labios rotos, la lengua hinchada y le faltan dientes, y sólo consigue balbucear. Veddhartha sigue hablando mientras se acerca. Gesticula con una mano huesuda y el cuerpo de Aiken comienza a flotar, atenazado por el poder de la Fuerza. Poco a poco adopta una postura vertical laxa, como una marioneta en el casillero o un hombre balanceándose en la horca. Aiken vuelve a decir algo, babeando y sangrando y sintiendo el peso de la carne aferrarse a sus huesos trizados. Tiene la cadera dislocada y un pulmón colapsado. Quiere dejarse llevar. Quiere morir y dejar el dolor atrás, apagarse lentamente y caer en la negrura. Duele tanto. Duele demasiado.
Ahora su rostro está frente al de Veddhartha. Aiken lo intenta una vez más.
- B...ughh... -susurra.
Darth Veddhartha acerca la oreja a la boca irreconocible del soldado vencido.
Aiken piensa en Animah. El mundo se vuelve azul y verde y está de nuevo frente a su pequeña casa en Corellia. Los niños juegan con el gato, las olas murmuran a la distancia. Animah se inclina sobre él y lo llena todo con sus ojos verdes y su pelo negro.
En el puente de oficiales de la nave Aiken Drum dice:
- Boom.
Y muere.
El doctor Blood había dicho que era imposible. La bomba era demasiado grande.
Aiken no había claudicado. Usar una bomba más pequeña sería arriesgarse a que Veddhartha quedara vivo. Los sith eran escurridizos y paranoicos. Había que acabar con él y a la vez destruir la nave y la tripulación, y con suerte todo lo que hubiera en un radio de diez kilómetros.
- De acuerdo -había dicho Blood-, pero entonces debo hacer espacio.
A Aiken no le importó. No tenía intenciones de volver a usar el estómago y los intestinos, y podía funcionar igual de bien con un solo riñón. Con eso y un pedazo del hígado fue suficiente. Blood sujetó las vísceras restantes con una red orgánica e implantó la bomba. La conectó a los músculos cardiacos y cerró el pecho con parches de sintepiel. Después le inyectó medio litro de nanocirujanos y biorestauradores y lo despertó para recibir su paga.
La nave insignia MUERTE se convierte en una esfera de luz tan blanca e intensa que la mayoría de los testigos creen presenciar el nacimiento de una estrella. La explosión absorbe a unos y empuja a otros hacia la atmósfera de Corellia. Tres barcazas de guerra y decenas de pequeños VFs descontrolados se desintegran en el interior de la luz.
Sin comandante ni soporte logístico, la flota invasora no es rival para la armada republicana.
La batalla termina en dos horas.
La Explanada Glitannai está repleta. Más de doscientas mil personas estiran sus brazos y alzan sus voces tratando de alcanzar lo inalcanzable. El cielo está lleno de balcones flotantes. Los aerodeslizadores se apiñan junto a los holoproyectores. Las cámaras transmiten el espectáculo a más de ochenta planetas del Núcleo y al menos una docena del Anillo Interior. En el escenario principal, levantado sobre la gigantesca plaza que en otro tiempo ocupara el Palacio Imperial, Arhul Drum siente los latidos de mil millones de corazones, la atención de diez mil millones de ojos, la avidez y el júbilo de un público innumerable diseminado a lo largo y ancho de la galaxia.
Siente cómo extraen la savia de sus canciones, las emociones de su música, la esperanza, la rabia, la alegría, la frustración. Absorben su vida y a cambio le entregan las suyas. Mil millones de vidas.
Arhul no puede utilizar la Fuerza. Lo supo al cumplir los diez años, el día que le dijo a sus padres que quería ser jedi. Ellos le hablaron de Arhul Holt, de los clones, de la modificación genética que lo hacía insensible a la corriente cósmica que fluía a través de todos los seres vivos. Tal vez por eso era capaz de sentir mejor todo lo demás. Tal vez estaba verdaderamente vacío, como habían dicho los maestros de Ruusan, y por eso trataba de llenarse con la vida de los demás. Como si fuera una especie de vampiro. O como una especie de osmosis espiritual.
Pero no, no era eso. Porque Arhul no se quedaba con nada. Tomaba lo que la gente le ofrecía inconscientemente y lo devolvía mejorado. Filtrado a través de sí mismo. Purificado. Y por eso era el artista más popular de la República y los mundos aledaños: porque cada cual veía en él lo mejor de sí mismo.
Éste es el concierto más masivo que ha dado, y el primero tras el triunfo sobre las fuerzas de Darth Veddhartha. La gente sonríe en todas las calles y en todas las casas. La República ha sobrevivido una vez más, y todos se sienten partícipes de la victoria. Este concierto cerrará una semana solemne de discursos y funerales. Las holoplataformas proyectan continuamente cientos de miles de rostros: las caras de las víctimas, los civiles y los militares, los granjeros y los sacerdotes jedi, los humanos y los kel-dor y los cereanos. Millones de rostros saludando desde el más allá mientras la música se derrama sobre la explanada.
Pero hay dos rostros que no aparecen en los holoproyectores. Son dos rostros enormes y luminosos que observan a la multitud desde una pantalla de dos hectáreas situada a espaldas de Arhul.
En realidad, no observan a la multitud. Lo observan a él, a su pequeño hijo adoptivo, y le dan fuerzas para no sucumbir al nerviosismo y el asalto emotivo de su público.
- Papá, mamá -susurra Arhul-. Ésta es para ustedes.
Y comienza a cantar.
Música para los créditos: If It Takes Forever I Will Wait For You - CONNIE FRANCIS

